
Albaycín, barrio arabe, Sacromonte, barrio gitano. También hay un barrio judio, y todos los demás de esta ciudad agradable, de tamaño mediano, con todo el movimiento y actividad cultural propia de una ciudad de estudiantes, llena de extranjeros que una vez vinieron y decidieron quedarse a vivir, porque se dieron cuenta de que aquí se vive mejor que en otras partes del mundo.
Luz, callejuelas blancas, vistas a la Alhambra, jazmines y flamenco. Cante, baile, guitarra en la noche serena de Sacromonte o en la más animada aunque tranquila del Albaycín. Tapas y cervecitas en la calle Elvira o en el Zaidín, y un sentirme como en casa pero más tranquila.
Saliendo de la ciudad, desde un pequeño pueblo sale un caminito lleno de vias de escalada, puentes colgantes. Continua por un desfiladero hasta abrirse en unas campas que me dijeron verdes, como deben ser el resto del año, pero el amarillo de la hierba seca las cubría, y unas altas rocasde formas extravagantes las rodeaban. Un paraje especial, íntimo y rebosante de naturaleza sola, al que me llevó un peregrino recién llegado a su casa, a Granada.
Delante del espejo, tacón planta tacón, buscando una energía dentro de mí. A veces parece que la encuentro. Otras, simplemente me río, y me recuerdo como soy.
